++Frase Aleatoria++
mayo 10, 2009
De cada lado.
-Yo… yo no te amo. Nunca lo hice y nunca lo haré. Vete, por favor.
Creo que casi puedes oír mi corazón quebrándose en cientos de trozos diferentes, irregulares entre si y manchados con sangre. Mis ojos se llenan de lágrimas, me muero de vergüenza. Recuerdo una vez haberme prometido que jamás dejaría que me vieses llorar; y, sin embargo, aquí estoy, casi desecha a tus pies, a punto de rogarte que no te vayas, que lo intentemos otra vez, que me des otra oportunidad.
Y parece que conoces mis pensamientos, mis intenciones, porque me miras displicente y agregas.
-No me pidas que te quiera, porque no puedo. Jamás podría quererte, así que mejor olvídate de mí.
Tus palabras me hieren en lo más profundo del alma. Mis piernas comienzan a temblar y, en un segundo de absoluta lucidez, me pregunto en qué momento el cuento de hadas tornó a pesadilla; cómo fue que llegamos a esto, si yo estaba segura que habitaba a tu corazón. Pero el momento pasa, y me veo arrastrada por el dolor. Te miro suplicante otra vez; quisiera decir todo lo que siento por ti…
Entonces, tú te das la vuelta y sales sin decir nada.
Me quedo ahí de pie, observando el lugar donde, hasta hace un momento, estabas erguido, tan perfecto como cuando recién te conocí. Sólo entonces soy completamente consciente de cuánto te quiero, y tu ausencia atraviesa mi alma.
Sigo llorando.
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Tenía que hacerlo de una vez, no lo volver a podía retrasar . Sabía que esto ya no daba para más, y sería yo quien lo terminase.
Respiré profundo y me volví hacia ti, intentando controlar mi expresión para que no se notase ni por un instante lo que de verdad pasaba por mi mente.
-Yo… yo no te amo. Nunca lo hice y nunca lo haré. Vete, por favor.
Si aquella sola frase me hirió por su infame falsedad, el dolor fue nada en comparación a lo que sentí al ver tus ojos lagrimear. Casi como reflejo, deseé abrazarte, consolarte, decirte al oído que todo estaba bien, que siempre te había querido, que eso no cambiaría…
Y tú no dices nada, y las pequeñas esperanzas que aún quedaban en mi alma comienzan a derrumbarse. Siento miedo de que notes mi turbación y decidas quedarte sólo por compasión a mí. Haciendo acopio de mi máximo –y último- valor, imprimo todo el desprecio posible en mis palabras y mi mirada.
-No me pidas que te quiera, porque no puedo. Jamás podría quererte, así que mejor olvídate de mí.
Te veo llorar, y me repito que tus lágrimas son falsas, o quizás incluso de felicidad. Me digo que no me quieres, y que ésta es la mejor forma de verte feliz: siendo libre.
Por un momento, me aterra la idea de dejarte, y deseo con todo mi ser pedirte que sigamos con esto, que me des otra oportunidad para conquistarte; que me dejes prometerte que ahora lo haré bien.
Pero aquel instante pasa y tú sigues ahí parada sin decir nada. Creo ver un atisbo de incredulidad en tus ojos, y siento miedo al suponer que ya has descubierto que todo esto es una farsa.
Bajo mi mirada y me doy la vuelta para salir del lugar. Tú sigues ahí, inmóvil, sin siquiera decirme adiós. Supongo que, finalmente, nunca sentiste nada por mí.
Rompo a llorar.
diciembre 07, 2008
Emilia y Camilo
Emilia siempre amó a Andrés. Camilo siempre amó a Helena.
En realidad, decir “siempre” es atar demasiado. Digamos que Emilia amó a Andrés desde que lo conoció, mismo caso con Camilo.
Y, sin embargo, sus amores no eran correspondidos. Tanto Andrés como Helena tenían sus afectos ocupados con otras personas. Y así fue como Emilia y Camilo se resignaron a amar en silencio.
Y los años pasaron, Emilia y Camilo crecieron, dejaron de ser los niños de antes, comenzaron a encarar la vida con una nueva mirada. Guardaron su amor en lo más profundo, deseando que nunca se perdiera, y dieron vuelta la cabeza para seguir adelante, pero con el anhelo de su corazón más claro que nunca.
Así se conocieron Emilia y Camilo, y su amistad cada día fue más y más fructífera, hasta llegar a depender el uno del otro.
Y, como es la ley de la vida, Emilia y Camilo recibieron lo que merecían por su obstinada espera.
Una tarde, casi al llegar la noche, Emilia se encontraba en una plaza, estirada cuán larga era en la hierba húmeda, contemplando las estrellas que aparecían, perezosas. Sonreía. Buscaba en su interior al dueño de su sonrisa, a Andrés, su rostro, su voz, sus ojos. Y lo encontró. Pero no sintió nada. Fue como ver un rostro más, a alguien desconocido. Emilia se asustó, pues aquel mismo día Andrés le había confesado su amor, le había prometido cuidarla y acompañarla para siempre, le había entregado su corazón. Y ella, Emilia, ya no sentía nada por él. Se desesperó y comenzó a llorar; pero las lágrimas no revivieron la flor muerta de su afecto: el amor se había ido de su corazón, Andrés ya no era más que un amigo, y quizás ni siquiera eso. Emilia lloró en silencio el vacío de su alma.
Más allá, en otro lugar, un joven sonreía sobre su cama deshecha. Era Camilo que recordaba la tierna escena de aquella tarde, en que Helena se le había confesado al fin, en que todos sus deseos y anhelos se habían concretado, con ella parada frente a él, mirándolo a los ojos y diciéndole que le amaba. Cerró los ojos y esperó que la euforia llegara. Pero no llegó, así como tampoco llegaron las cosquillas en el estómago, ni el hormigueo en las manos. No había nada, y por más que rebuscó en su interior, no encontró algo con respecto a Helena que le hiciera sonreír con amor. Y quiso morir. Pero no lo llegó a concretar, porque en ese momento sonó su teléfono celular. Era Emilia, quien le rogaba se vieran enseguida, con la voz anegada en lágrimas.
Camilo llegó a la plaza donde estaba Emilia, la vio llorando de dolor, en silencio, y comprendió en su alma lo que había sucedido. Lo mismo hizo ella cuando le vio. Se abrazaron y lloraron. “¿Y ahora qué haremos?” preguntó Emilia, resumiendo los pensamientos de los dos. Camilo la miró con profundo dolor, y le dijo algo al oído. A medida que las palabras llegaban a la mente de la joven, su rostro se cubría de angustia, pero su respiración se fue calmando, y sus ojos mostraban una determinación segura e indestructible. Lo harían. Era su deber. Se abrazaron una vez más, se desearon suerte, se entregaron energía y acordaron verse cada vez que sintieran que esta decisión los sobrepasaba.
Camilo, en tanto, se casó con Helena. Tuvieron una niña, a la que llamaron Daniela. Se fueron a vivir a una casa en un condominio, con un gato de mascota. Vivían cómodamente, con algunos lujos producidos por el salario fructífero de Camilo. Era una familia perfecta. Helena adoraba a Camilo como nunca creyó hacerlo, y éste la hacía feliz, aunque llorara en silencio cada noche su desgracia.
noviembre 25, 2008
La Esencia (final 1)
Abrí el frasco con brusquedad y, cerrando los ojos para no ver en su interior, volqué todo su contenido en mi boca. Lo bebí todo, me apoderé de él, lo hice parte de mí, otra vez.
Después de todo, aún cuando fuera ella la culpable de todo, era parte de mi ser, y no podía dejarla ir.
junio 26, 2008
Hielo Eterno
Hielo Eterno
Despertó inquieto. Su corazón latía con fuerza, con violencia. Su respiración agitada levantaba su pecho cada vez más. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, intentando calmarse. Se giró lentamente, conteniendo el aliento, como cada mañana. Y la vio. La vio ahí, dormida, angelical como ninguna, irradiando paz y amor a su alrededor, embelleciendo todo ser y objeto con su luz. Sus facciones suaves y delicadas se mantenían relajadas, en su estado natural, sin sonrisas forzadas ni muecas grotescas. Su cabello alborotado enmarcando su pálido rostro, de forma de corazón, otorgándole un aire de diosa, de ninfa salvaje.
Suavemente, él levantó una mano y, con su dedo, le acarició la mejilla. Ella no se inmutó. Un escalofrío recorrió la espalda de él cuando notó lo helada que estaba. Él siguió recorriendo su mejilla con el dedo, pero ella no despertaba. Al acercarse a besarla, algo los separó…
Él recobró de pronto la conciencia, mientras volvía a notar el bullicio, los gritos, los pasos acelerados…
Se apoyó en el suelo para incorporarse. Al hacer esto, notó un dolor punzante en el brazo izquierdo. Haciendo una mueca de dolor, se puso de pie, y comenzó a caminar cojeando un poco. La gente corría a su alrededor, llorando y gritando, tirando de sus cabellos, desplomándose en el frío asfalto, retorciéndose y convulsionando. Madres histéricas abrazaban a sus hijos, jóvenes parejas que se abrazaban con fuerza, y se besaban como si todo fuera a acabar.
Como si todo fuera a acabar…
Sintió frío y, temblando de miedo, miró hacia el cielo. Allí, cual símbolo de muerte, el sol se imponía, un sol viejo, casi al culmine de su vida. Un sol oscuro, otorgando al mundo sus últimos latidos de luz y calor.
El hombre cayó en la cuenta y, con lágrimas en los ojos, comenzó a correr con rapidez, sin importar ya el dolor de su brazo y su pierna. Corrió llorando, con un destino fijo. Corrió impulsado por el terror, mientras la temperatura seguía bajando, y el día iba tornándose oscuro, con una luz cansina y apagada, como el morir de una vela.
Abrió rápidamente la puerta, las llaves temblando en su mano. Quiso que todo fuera un sueño, que esto no estuviera sucediendo. Pero los aullidos de lástima de los perros le hicieron convencerse de que esto era real. Recorrió sin fijarse la casa, tropezando varias veces. El reloj seguía su curso, con su tic-tac tranquilizador. La casa estaba tal y como la había dejado hacía media hora, al salir al trabajo. Justo cuando, a mitad de camino, un horrible dolor se había apoderado de él, y se había desmayado en medio de un mar de gritos.
El camino a su cuarto se le hizo eterno, y cuando finalmente abrió la puerta blanca, se acercó con lentitud al lecho.
Allí, envuelta en blancas sábanas, estaba ella, el amor de su vida, su existencia misma, su aliento cálido. Ella dormía, con paz y amor en su rostro. Sus facciones suaves descansando con tranquilidad. El levantó su brazo derecho, y tocó su mejilla con un dedo. La halló cálida, y lloró de amor. La mujer despertó, sobresaltada por el frío contacto. Él le sonrió, y ella también.
El sol se había apagado ya, y las palabras quedaron congeladas en la boca de él, detenidas por el frío paso de la muerte. Su dedo en la mejilla de ella, acariciándola para siempre. Ella, con sus facciones suaves, mirándolo con profundo amor y ternura en sus ojos color carmesí.
marzo 13, 2008
Demonios y Belleza
Cuenta la historia de una niña, de desmesurada belleza: largos cabellos enmarcaban su perfecto rostro, de ojos celestes, como el cielo al alba; sonrosadas mejillas reflejando la inocencia de su tierna y pura juventud; labios que invitaban a una confesión.
Cuentan también se su virtuosidad para con los demás. De gran corazón, incapaz de dañar a otros, sin permitirse lujos ni grandes palacios para si. Humilde de corazón y esencia, había sido privilegiada con los dones más hermosos.
Pero, ¡ay! Del mal que siempre acecha. Diversas formas toma a lo largo de los años. Y dicen que esta vez el mal se encarnó en el alma de un escéptico joven, rico en codicia y oscuros deseos. Lo más bello en apariencia no es siempre lo más bello en esencia.
Rostro juvenil, voz áspera, palabras rebuscadas, ojos inescrutables.
Y dicen que ella a sus pies cayó, dicen que el con su mirada la conquistó, mirada de negras pupilas, sin amor, sin piedad, sin misericordia. Pupilas de muerte, pupilas en tinieblas. Con una sonrisa la cautivó y ella su todo el entregó.
¡Pobre chica! Que de su inocencia se aprovecharon los demonios.
Y el la besó, y ella creyó morir en su beso, en su boca, en sus labios, en su aire. ¡Qué más alguien podría desear! Por fin su vida estaba completa. Su familia lo aprobaba, y con el la dejaba, sin imaginar el mal que tras su rostro se encontraba.
¡Ay del día aquel en que todo se destruyo!
Cómo puede alguien hacer mal solo por maldad. Cómo puede alguien hacer llorar solo por placer. Los demonios no entienden razón.
Y ella se le entregó, en cuerpo y alma, rompiendo su sello de pureza, tan celosamente guardado.
Y dicen que, tras tomarla por fin, el le habló, con su lenguaje rebuscado, y ella lloró.
-¡OH! ¡Dulce y bella doncella!- decía el, acariciándola con frías manos- ¡Dulce y bella doncella! Que con tu entrega me habéis cedido ya vuestra alma, os habéis consagrado a mi persona, sin nada esperar por vuestros servicios.- ella sonreía, extasiada junto a él- Que con vuestra entrega habéis renegado vuestra propia vida para donarla gustosa a un forastero.
Y dicen que el la golpeó, y luego la dejó tirada sobre la tierra, magullada y humillada. En su cara escupió, y luego rió.
-¡OH bella e insulsa doncella!- gritó, al sol naciente- Que no habéis sabido valorar vuestra pureza. Ahora sé en verdad qué sois, y en vuestro rostro me río, porque tengo lo que anhelaba, y vos tuvistéis lo que deseabáis.- tras ver las lagrimas de ella caer por sus mejillas, agregó- Y ahora que os habéis deshonrado, puedo ir en paz.
Y cuentan que él la dejó, sola en la tierra, llorando de vergüenza.
¡OH virtuosa belleza! Que con tu candente baile nos encantas y enamoras. Para luego dejarnos humillados, enamorados y desesperanzados.
enero 09, 2008
Antes del Amanecer
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Antes del amanecer
Estuve largo tiempo sobre mi cama, intentando encontrar una respuesta a mi existencia, pero, como cada día, no la encontré.
¿Por qué? Es la pregunta que alimenta mi alma.
¿Qué hice mal? Es el pensamiento que nubla mi vida.
Mi memoria camina lejos de mí, en otro tiempo y lugar, en la felicidad.
Me veo a mi misma con los sueños que teníamos.
Mis pensamientos no tienen orden. Son sólo luces en la oscuridad de mi alma, una esperanza en este terrible lugar…
Me levante de mi cama. Camino en la habitación, observando cada lugar una vez más, recordando tantas cosas que estarán por siempre en mi alma.
Miro en el espejo mi joven rostro, que parece vieja, mi expresión cansada, mis ojos, alguna vez azules, que ahora están blancos, cómo sin vida, sin esperanza, sin amor…
Una lágrima cae por mi mejilla, y, entonces, más de éstas comienzan a caer. No hago nada por detenerlas. Las dejo que caigan, ya no me importa…
Mi cabello, antes castaño y brillante, ahora es sólo una masa opaca.
Regreso a mi cama, y tomo una de las cartas sin leer que he dejado ahí. Cuando siento su textura, mi corazón sangra. Ésta es la última carta que él me escribió, y yo aún no la leo.
Esta carta es algo especial para mí, quizás por esta razón, mis manos temblaron al tomarla. Mis ojos leían las oraciones, y mi corazón comenzó a llorar.
“Ángela:
Mi amor, mi auto está por llegar. Sólo tengo tiempo para escribirte unas palabras, porque tú debes entender el porqué de mi viaje.
Quiero que tú seas feliz, que continúes, sin mí. Quiero que sonrías. ¡Quiero que vivas!
Necesito saber que tu vivirás tu vida. Que tú no te detendrás.
Créeme.
Hay cosas que escapan de nuestras manos, ésta es una de ellas. Te amo más que nada en este mundo, y nunca te dejaría sola, pero, yo debo cumplir, porque sólo así, quizás, podré algún día estar contigo una vez más, y para siempre.
Debes ser fuerte; no puedes caer, por ti, por mí, y por nuestro hijo
El crecerá y será un gran hombre.
Siempre estarás conmigo, nunca me dejarás sólo.
Mi amor, siento que mi auto viene. Ellos han llegado, para llevarme a la tierra de la desolación y la desesperación, para alejarme de mi amor y de mi hijo. Viene mi auto, y, junto a él, ha llegado mi desesperación.
Te amo, nunca lo olvides.
Continúa, amor, no te detengas. Prométemelo.
Estaremos juntos por siempre…
Cuida a mi hijo
Manuel”
Dejo la carta en mi cama, y me siento en ella.
Sólo una lágrima cae por mi mejilla. Pero yo sonrío, sonrío como muchas noches hice. Acaricio mi vientre y susurro:
“Manuel, aquí está tu hijo. El sabrá que su padre fue un hombre grande, que lo amaba, y que nunca quiso dejarlo, sino que lo obligarlo. Se llamará Manuel, como su padre, que partió a la guerra sin quererlo, de improviso, y, aún así, amaba a su joven novia, Ángela”
enero 08, 2008
¿Venganza o Amor?
-¿Estás segura?- le preguntó el joven, con voz titubeante, y mirada intranquila.
-Claro que sí.- respondió la muchacha que frente a él estaba. Aunque su voz sonaba nerviosa, sus ojos y su expresión segura no dejaban entrever ni un solo atisbo de indecisión. Luego agregó, sonriendo tímidamente- Sabes que estoy dispuesta a cualquier cosa por ti.
Él le sonrió, pero sus ojos expresaban una inquietud que rayaba en el miedo, el terror, podría decirse.
-Es que…- murmuró dubitativo- No lo se. No creo que sea lo correcto- comenzó a decir, hasta que la voz de la chica lo interrumpió.
-Si es contigo, si es juntos, entonces no dudes nunca que es lo correcto- su gesto era severo, serio. Se diría que ella estaba más convencida que el joven. Y, en cierto modo, así era.
Como el chico abriera la boca para volver a replicar ella le posó un dedo en los labios y le besó suavemente.
-Te quiero, y estoy dispuesta a hacer lo que sea- le susurró al oído, con suavidad.
Él asintió en silencio.Ella le miró a los ojos, y le preguntó.
-¿Estás más tranquilo ahora?- su mano apretó lentamente la mano del chico, y éste sonrió confuso.
-Sí. Claro que sí.- dijo luego, con expresión segura y tranquila.
Pero no, él no estaba tranquilo, el no podía estar tranquilo. Luego de algunos besos, algunos minutos, y unas cuantas sonrisas, la joven rompió el silencio, mientras acariciaba el cabello de su compañero.
-¿A qué hora vendrás?- inquirió.
-A las once en punto.- respondió él, y agregó- Tus padres no estarán, ¿verdad?
-No, ya te lo he dicho- replicó la chica, con voz cansina- Saldrán a una cena y no volverán hasta muy entrada la noche.
-Ah, claro. Se me había olvidado- contestó él, pasando su mano por su cabello.
-Ya. Es hora de que partas- le dijo la chica, poniéndose de pié, y tomándole la mano- Debo arreglar mis cosas, y tu las tuyas. Nos vemos en unas horas.
-Tienes razón- asintió el joven, y, luego de pararse y estirarse, la abrazó, quizás un poco más fuerte de lo común.
Se despidieron con un beso, y él se fue, con la mente atribulada.
Mientras caminaba, se cuestionaba duramente en silencio.
“¿Por qué?”-se preguntaba, sintiendo la brisa golpear su rostro- “¿Por qué? No hay motivo…”¿O si lo había?
Sintió un leve malestar en la cabeza, y quiso, por un momento, dejar de pensar. Pero los pensamientos, astutos como siempre, no desperdiciaban los momentos de soledad del joven, para atacarlo y herirlo en lo más profundo.
“Ella no ha hecho nada”- pensó, acongojado.- “No se lo merece. Es inocente”- al repetir esta palabra en su cabeza sintió una punzada de culpabilidad en su corazón. Sus cavilaciones por la desierta acera lo llevaron a un punto mucho más profundo, algo que había estado evitando y desafiando durante un tiempo, algo que le hacía desesperar aún más que los pensamientos anteriores.“¿Y si ya no quiero hacerlo?”- pensó, con un atisbo de rebeldía- “¿Qué tal si me he arrepentido y no lo hago?”A su alrededor el paisaje se volvía más familiar, con sus casas medianas y calles sucias.“¿Qué tal si no lo hago?”- se preguntó a sí mismo y, como otras veces, una voz áspera, oscura, despiadada, le respondió.“Yo ya te di tu tarea, para sanar tu sed de venganza. Prometiste cumplirla costase lo que costase”El joven ni se inmutó. Estaba acostumbrado a aquella voz que le respondía a veces, desde la profundidad de su mente y su alma.
Abrió la puerta de la casa maquinalmente, y se sentó en el sillón.
-Pero, ¿y si me he arrepentido de hacerlo?- inquirió el joven, murmurando mentalmente- ¿Y qué si ya no deseo hacerlo?
-Lo harás- respondió la voz fría, acentuando su tono de crueldad.- Lo harás, y lo sabes.
-No, no lo haré- el joven respondía tercamente- No deseo hacerlo, ¿si?
-Si lo deseas- la frialdad invadió el cuerpo del joven, con cada palabra pronunciada por esa voz- Sabes que lo deseas profundamente. Son tus deseos más oscuros. Y lo harás. Terminarás cayendo, como antes lo has hecho. Caerás, y no podrás evitarlo, porque soy dueño de tu alma, tus pensamientos y sentimientos. Soy el amo de tus miedos más profundos.
El chico posó la cabeza sobre sus manos, y, sintiendo que su fuerza de voluntad era cada vez menor, volvió a alegar.
-No lo lograrás. Aún puedo controlar mis emociones, y hay un lugar donde no has logrado penetrar.
La voz guardó silencio, y luego replicó, con un susurro silbante y aterrador.
-¿Crees, acaso, que no conozco la profundidad de tu corazón? ¿Has osado pensar que puedes ocultarme algo? ¿Imaginas que hay algo que no conozco?- soltó una risa breve y estridente- Ingenuo. Me entregaste tu corazón, tu mente y tu alma, y ya no podrás esconderme nada.
-Te equivocas- murmuró el joven, casi sin fuerzas- Hay algo que no podrás tocar ni dominar jamás, porque no te dejaré entrar en él.
Hubieron unos instantes de silencio profundo, que el chico utilizó para respirar profundo y recuperar energía. Casi podía sentir los ojos de aquel ser, de aquel espectro maligno, recorriéndolo, descubriendo cada rincón, rompiendo cada defensa impuesta por sus sentimientos. Tras unos cuantos instantes en que le chico se sintió desnudo ante la voz, ésta dijo, irónico.-
¿Con que el pequeño se ha enamorado?- al escuchar esta frase, el joven sintió que sus últimas fuerzas lo habían abandonado, y que ya nada lo podría defender- ¿Con que el niño ha caído en ese juego?
-No- repuso, amargamente, el chico- Yo no me enamoro. Ya te lo dije una vez.
-Silencio- le ordenó la voz- Maldito mentiroso. ¿O acaso no recuerdas tu imagen sufriendo, llorando por una mujer? ¿No te ves pidiendo a gritos venganza? ¿No recuerdas haber jurado vengarte de todas las mujeres, sin importar nada, ni siquiera el amor? Insulso. Has caído en sus redes, y vas a sufrir.
-No, no voy a sufrir- replicó el joven, sin convencimiento- Yo la…
-¿La quieres? ¿La amas?
El chico sintió que le faltaba el aire. ¿La quería realmente? ¿O era sólo otro de sus juegos?
-Yo…- murmuró en voz alta, pero el zumbido en sus oídos y el vacío en su estómago le indicaron que el ser se había ido, en el peor momento, aprovechando la indecisión del muchacho, dejándolo con sus miedos.
Se sintió inmensamente solo, y se pasó una mano por la boca. Tocó un líquido suave y se percató de que estaba sangrando.
-¿Qué diablos?- exclamó, al notar en su boca el inconfundible sabor de la sangre. Se puso de pié con rapidez, pero sus piernas flaquearon y cayó al suelo, incapaz de moverse. Su boca con sangre le impedía gritar, y sus dedos no se movían. Su cuerpo no respondía a las órdenes de su mente. El dolor consumía cada partícula de su ser. Tras unos minutos y, con gran esfuerzo, logró incorporarse nuevamente. Luego de unos segundos, la sangre había desaparecido de su boca, y sus articulaciones recuperaban su habitual movilidad. Al enderesarse completamente, sintió un escalofrío en su espalda, y la garganta seca. Luego sucedió.
Sintió como si miles de cuchillos candentes le perforaran cada milímetro de su cuerpo. Su cara le ardía dolorosamente. Caminó a tropezones hacia el baño y ahí, se observó en el espejo. Pequeños rasguños le abrían la piel por todo el rostro, y le hacían sangrar profusamente. Quiso gritar, pero su voz no salió de su garganta. Sus manos tiritaban violentamente. Su vista se nubló y sus rodillas temblaron. Se afirmó en el lavamanos e intentó respirar.-
¿Lo harás?- resonó la voz en su cabeza, desafiante- ¿Cumplirás tu sentencia?
El joven apretó los ojos y frunció el ceño. Estaba juntando todas sus fuerzas para no dejarse vencer ante la voluntad del ser. Finalmente, balbuceó, mientras un hilillo de sangre corría por la comisura de la boca.
-No. No lo haré- sintió punzadas en su cabeza y espalda- No lo haré. No lo haré.
-Si lo harás- susurró la voz fría- Lo harás, ¿verdad?
El chico intentó respirar, pero el aire no llegaba a sus pulmones. Uniendo sus fuerzas, y evocando la imagen de su compañera en su mente, gritó.
-¡¡No lo haré!! ¡¡La amo!!- y se desplomó en el suelo, exhausto. La voz se había ido.
Notó que ya no tenía sangre en la cara, y que su respiración volvía a su ritmo habitual. Volvió a la sala y miró la hora. Ya era las 10:30. Al parecer, el tiempo había pasado más rápido de lo habitual mientras el discutía con la voz. Fue a la habitación y tomó el bolso. Comenzó a echar en él varias prendas de ropa, junto con música y libros.
-No me vas a vencer- musitó en voz baja- No me ganarás.
Guardaba las cosas con violencia, farfullando maldiciones contra el ser. Cuando, en el salón se aprestaba a ponerse la chaqueta para ir a buscar a su amor, sintió un cosquilleo en la pierna, y, al mirar hacia abajo, se quedó helado. Una serpiente de color negro con manchas amarillas subía por su pierna, enroscándose y apretándolo cada vez más. Su mirada era demoníaca y sus colmillos relucían con malicia. El joven quiso sacarla de ahí, pero la víbora, en un acto rápido, le mordió tres veces en la rodilla. El muchacho gritó y cayó al sillón, retorciéndose de dolor. Sentía la sangre empaparle el pantalón. Se tocó la pierna y notó que la serpiente ya no estaba y, al mirar a su alrededor se percató de que todo estaba oscuro. También sintió un amodorramiento por todo su cuerpo y se dio cuenta que no estaba en casa, que no estaba en ningún lugar. Chirriantes sonidos le rompían los oídos, mientras que un dolor se extendía por cada célula de su cuerpo. Pero no podía gritar, estaba atrapado. Apretó los ojos y vio a su amor, a su joven amiga sentada en una cama, llorando desesperada. Quiso correr, abrazarle, decirle que todo estaba bien. Pero no pudo. Y, mientras sentía que se quemaba por dentro, escuchó la voz cerca de su oído, susurrando, siseando desagradablemente.
-¿Lo harás?- el chico estaba aterrado- Tengo toda la eternidad para hacerte sufrir. Tengo miles de forma para aterrarte y hacerte gritas. Tomate tu tiempo, que tu cuerpo resistira, algo dolorosamente, eso si.- tras dejar una pausa, inquirió- ¿Lo harás?
-No-lo-haré- contestó el muchacho, diciendo cada palabra con gran esfuerzo.-Yo…
-Eres mío- siseó la voz.- Tengo tu ser en mis manos.
-No, no lo tienes- objetó el joven, sintiendo que le faltaba el aire.- Soy dueño de mi ser.
Una risa estridente resonó en su mente y los oídos le dolieron aún con más intensidad que los minutos anteriores, como si fueran a estallar. De pronto, la imagen de la chica volvió a su mente, y el joven sintió que su corazón y su vida entera se volcaban hacia ella.
-Linda, ¿no?- se burló el ser- Es una lástima tener este terrible destino. Además, es una lastima que algo tan bello como ella, pueda ser destruído tna facilmente. Dolor, dolor, y dolor. ¿Qué te parece?
El dolor seguía mortificando al chico, hasta que el ser dijo, cruelmente.
-¡Sufre! Caerás en mis redes, insulso. Caerás. Doblegarás tu voluntas hacia mí. Tengo tu ser.
Y el dolor se fue, junto con la imagen de su amor. Al abrir los ojos, se encontró tirado en el suelo, cubierto en sudor frío. Se puso de pié, tambaleándose. Sin miramientos, salió de la casa, con el bolso en su mano.
“No me vencerás, maldito”- pensó, evocando la imagen de su amada.
Caminaba rápido, pensando en su compañera. No dejaría que nada le sucediera, eso estaba claro. Ni siquiera se percató del momento en que la chica le abrió la puerta y le hizo pasar a la casa.
-¿Te sucede algo?- preguntó la muchacha, luego de abrazarlo.
-No, nada.- respondió el joven, evitando su mirada.- ¿Por qué?
-Te noto algo extraño- musitó la chica.
-Tranquila, amor- le contestó él, tomándole las manos- Son sólo los nervios.
Ella le sonrió, algo más tranquila y lo condujo hacia su cuarto. El joven miraba hacia todos los lados, como si se sintiera perseguido. Recordaba incansablemente las palabras del ser: “Caerás en mis redes”
-Amor- la voz de su compañera le sobresaltó.
-¿Si?- contestó el chico, rápidamente.
-Te he preguntado dos veces si estás listo- le reprochó la muchacha- ¿Qué te sucede?
El joven no respondió y se paró de la cama en que estaban sentados. Se acercó a la ventana y miró hacia la oscuridad de la noche. Sintió los pasos de la chica tras de él, y quiso alejarla, o alejarse, lo más posible.
“Lo harás”- la voz resonó en su cabeza, nuevamente. El ser había vuelto.
-¿Lo harás?- la voz de su amor llegó abruptamente a sus oídos- ¿Te irás conmigo?
-Sí, sí- titubeó el joven.- Claro que sí.
Se dio la vuelta y la vio sonreír.“¿Por qué le estoy haciendo esto?- se preguntó mientras abrazaba a su compañera- “Ella no me ha hecho nada, no me ha dañado”. Vio que la joven tomaba su bolso y abría la puerta decidida, esperándolo.
-¿Vamos?
Y el chico sintió como si un cristal se quebrara dentro de él. Pudo ver cómo sus ilusiones se desmoronaban y cómo todos los sueños que ambos tenían se destruían al recuerdo de aquella frase: “Caerás en mis redes”. Todo comenzó a nublarse a su alrededor, exceptuando la imagen de la chica, que lo miraba, confundida.
-¿Qué sucede?- inquirió la joven, soltando la manilla de la puerta- Vamos.
La muchacha estaba parada ahí, y el joven la contemplaba extasiado.
-Te amo- murmuró él, con los ojos en lágrimas.- Te amo más que a mi vida. Eres todo para mí. Mi vida, mi mente, mi alma y mi corazón.
Ella le sonrió, sin entender.
-Yo también te amo, mi niño- le susurró, dejando el bolso en el suelo y acercándose a él con suavidad. Se paró en frente del joven y le tomó las manos. A este contacto, el chico sintió que su corazón gritaba de dolor, desesperación y, también, de rechazo. Ella acercó su cara a la de él, con intensión de besarlo. Sus labios estaban sólo a unos cuantos centímetros y ambos podían sentir sus respiraciones y, sin embargo, cuando ella le iba a besar, el bajó la miraba y musitó.
-Perdóname- se dio la vuelta y se acercó a la ventana, llorando.
Ella le siguió y, cuando iba a tocarlo, él se volteó y gritó.
-¡No lo entiendes!- sus ojos y sus lágrimas expresaban una dolorosa agonía.- ¡Yo te amo! ¡Te amo!
Al parecer, la joven se asustó, ya que se alejó, preocupada.
-¡TE AMO MÁS QUE A MI VIDA, PERO NO PUEDO ESTAR CONTIGO! ¡NO PUEDO PERMANECER A TU LADO TODA MI VIDA! ¡DEBO DEJARTE!
-¿Qué estás diciendo? ¿De qué hablas?- le preguntó ella, mirándolo con aprensión.
-¡NO ENTIENDES!- gritó el joven- ¡DEBO DEJARTE, DEBO IRME!
-No- susurró la muchacha- No, tú no…
-SI PUEDO- explotó el muchacho, tirándose de los cabellos y llorando desesperado- TE AMO Y POR ESO TE DEJARÉ. ALÉJATE, NO QUIERO DAÑARTE.
Al decir esto se desplomó en el suelo y comenzó a sollozar, murmurando incesantemente: “No quiero dañarte... no quiero dañarte...”.
Al cerrar los ojos, veía a la chica, muerta, muerte en sus brazos. Muerta por su culpa. Muerta por sus manos.
“Lo harás”- resonó la voz en su mente y la voluntad del chico, que hasta entonces se había sostenido en el amor que sentía por la mujer, se rindió, dando paso al deseo oculto de su alma, a sus temores y, por supuesto, a la oscuridad y las tinieblas. Se puso de pié, tambaleante y se acercó al bolso. La chica respiraba agitadamente, ya que había visto un brillo en su amado, algo desconocido para ella hasta entonces. Un destello de maldad y crueldad, pero, a la vez, un destello de dolor y amor. El joven abrió un bolsillo pequeño del interior del bolso y cerró los ojos.
“Hazlo”- susurró la voz del demonio en su cabeza.
“La amo”- replicó su alma, ajada de dolor- “La amo con todo mi ser”
“Hazlo”- repitió la voz.
“No quiero dañarla”- dijo el muchacho, mientras gruesas lágrimas caían por sus mejillas- “La amo”
“Hazlo”- dijo la voz nuevamente, con más frialdad que nunca.- “Has caído en mis manos. Mátala”
El chico gritó y, luego, sin fuerzas para luchar, le murmuró algo a la muchacha, que contemplaba aterrada a su joven amor.
-Nunca he conocido a nadie tan bello como tu- su voz sonaba pastosa, anegada por las lágrimas- Te amo como nunca he amado. Nunca te olvidaré, amor de mi corazón. Ángel de mi pobre alma herida.
Y, dándose la vuelta hacia ella, enarboló el cuchillo que tantas otras veces había utilizado con el mismo fin, mientras un destello rojo relucía en sus ojos, y gruesas lágrimas caían por sus mejillas.
Fin
diciembre 30, 2007
++Dejar todo atrás++
Dejar todo atrás.
Al mirar hacia el cielo, podía ver las estrellas brillar entre el oscuro manto de la noche. Sentía sus pies flaquear y el viento acariciarle el rostro. Volvió a observar los hermosos astros y sus ojos se nublaron. Sintiendo como las fuerzas la abandonaban, se sentó en el pasto húmedo de la plaza que atravesaba. Apoyó su espalda contra el tronco de un árbol y cerró los ojos. Respiró profundamente, sintiendo los latidos de su corazón, que le indicaban que aún estaba viva. Con cada pulsación, podía sentir nuevamente e dolor que cargaba desde hacía algunas horas.
El brillo de la luna le iluminaba el pálido rostro y los ojos, de un negro profundo, no se distinguían entre el oscuro ambiente en que la chica se encontraba envuelta. Cerró los ojos nuevamente y recordó los hechos que había vivido. Pudo ver nuevamente sus ilusiones muriendo y sus sueños destruidos.
“No quiero más”- pensó, mientras una lágrima caía por su mejilla. No tuvo fuerzas para levantar la mano y secársela, sino que dejó que cayera libre. Ya no quería luchar más.
Rompió en un llanto silencioso y doloroso. Se retorcía de dolor a cada sollozo, pero, sin embargo, el dolor le hacía recordar los momentos hermosos que había vivido, y que nunca se irían de su mente. Casi podía sentir en sus labios el contacto suave con la boca de su amado. Casi podía sentir su respiración en su oído, diciendo “te amo”. Casi podía sentir los ojos profundos de él observándola con ternura. Casi podía sentir el contacto de su piel sobre la suya, entregándole el calor que necesitaba. Un abrazo, un beso, una caricia, había sido todo el tesoro de su alma, llevándola hacia el cielo en un suave danza de amor. Amor de dos almas que por fin habían encontrado un par, luego de sufrir y penar en manos de otros. Luego de sufrir a manos de personas que han perdido su alma a causa del dolor, y se han propuesto hacer daño a los demás.
“Quizá yo también he perdido mi alma”- pensó- “Quizás sea hora de que parta al lugar en que podré, al fin, ser feliz”- pensaba esto con gran dolor, intentando despegarse de todo lo conocido.
Recordaba el contacto de su piel, de sus manos entrelazadas en el momento del adiós. Y, en aquel instante, su memoria voló hacia las escenas pasadas de la vida de la chica:
“-No te vallas- decía ella, con la voz anegada- No te vallas, no ahora.
-Mi amor, mi niña- murmuraba un joven, con los ojos enrojecidos por el llanto- Debo irme, debo irme.
-No te vallas, no te vallas- decía la joven, apretando la mano del chico con desesperación- No me dejes sola.
-Volveré, te lo prometo- dijo él- Volveré a buscarte acá, y estaremos juntos por siempre.
-No te vallas- gemía ella, acercando su húmeda mejilla a la de él, y cerrando sus ojos.
-Amor, mi niña- susurraba el chico en su oído- Debo irme. Volveré contigo, niña mía. Podremos vivir juntos. Volveré.
Él la abrazó con fuerza, apretándola contra su pecho. La chica sollozaba en silencio, acariciando el cabello de su amor.
-No me dejes- susurró, entre sollozos- No me dejes así.
Pero el abrazo se iba, y, cuando el joven estaba con un pie sobre el bus que lo esperaba, se volvió hacia ella.
Las lágrimas en su rostro caían con lentitud. Él le dirigió una última mirada, a los ojos, con la desesperación clavada en ellos. Luego, soltando la mano que aún tenía entrelazada con la joven, volvió la cabeza.
-Te amo- murmuró, y subió al bus, alejándose para siempre de ella”
LA chica recordaba aquellos como si hubiera sido ayer. Había sentido que su mundo se destruía al sonido de las palabras “Te amo”, las últimas que había escuchado de su joven amor.
-Te amo- murmuró ella ahora, con menos fuerzas cada vez.- Perdóname por no haber sido capaz de esperarte. Esto que llevo dentro me ha matado, debilitándome poco a poco. Te amo, niño de mi corazón.
Volvió a contemplar las estrellas, deseando encontrarse en ellas con su amor. Poco a poco se fue sumiendo en un sueño sin igual, en el que estaba con él nuevamente, para siempre, juntos. Poco a poco la vida la abandonó, alejándola del dolor que provoca la soledad.
-Amor- susurró una voz en su oído- Amor, por fin llegas.
Abrió los ojos con suavidad, y observó a su joven amor frente a ella, tendiéndole la mano. Ella la tomó y él la ayudó a incorporarse.
-Te he esperado largo tiempo- murmuró él, mientras la acercaba y la abrazaba. Ella sintió el cuerpo de él contra el suyo, y se dio cuneta que ya no sentía frío. Por fin su calidez había vuelto. Respiró su aroma, como la última vez. Le acarició el cabello, y recordó todas aquellas tardes juntos, amándose en un sueño sin fin.
Se fueron caminando y, así, la chica abandonó por fin su cuerpo, abandonó el dolor y la soledad del amor perdido. Abandonó todo lo conocido para comenzar a construir aquel sueño que, en vida, se les había sido arrebatado.
