Fuego Liquido

Fuego Liquido
Muchas veces creemos que el agua es fría y gélida, por lo que es mala. Otras tantas pensamos que el fuego es candente y peligroso, y es malo. Pero, los dos dan vida, entonces, ¿fuego o agua?

++Frase Aleatoria++

No importa lo que haga, cada persona en la Tierra está siempre representando el papel principal de la Historia del mundo. Y normalmente no lo sabe

mayo 08, 2011

Mesmerized, Don't like this situation!

And I turn around, you're with him now.
I just CANT Figure it Out!

Tell me why you're so hard to forget
Don't remind me I'm not over it
Tell me why I just cant seem face the truth
I'm just a Little Too Not Over You!!!!!!!!!!!!1

And I really don't know what to do....

mayo 07, 2011

Decisiones, decisiones, decisiones.


Un zumbido proveniente desde fuera de mi ventana me advirtió de su venida. Como cada noche que él se presentaba, mi corazón se volvió un huracán de deseo y terror. Su presencia, siempre tan infinita, lograba llenar por completo el espacio de mi habitación, y sus ojos quitaban el aire de mis pobres y desgastados pulmones. Debía ser sólo otra noche más. Ya no esperaba que nada cambiara.

-¿Cómo has estado?

En apenas un pestañeo, él había aparecido ante mí, terrible, mirándome con una sonrisa en su pálido rostro.

-Aquí, ya me ves. –respondí, tratando de incorporarme en mi cama. Él se acercó solícito y me ayudó. Estoy segura que con un solo dedo podría haberme levantado, sin embargo me abrazo con suavidad y me sentó; luego, me arropó con una manta y encendió la lamparita del velador.

-¿Cómo te has sentido?

Bufé.

-Vuelvo a repetir, ya me ves acá. –suspiré- Cada día es más difícil, tú lo sabes. No sé cómo afrontarlo.

Sonrió.

-Es el costo. –dijo, mirándome a los ojos. Como siempre, el fuego de su mirada me atrapó, sólo para comenzar a quemarme dentro, en el centro de mi pecho. No aguanté más y desvié la mirada, asustada.

Acercándose, levantó mi rostro con su mano –congelada- y me obligó a mirarlo.

-Te he dado suficiente tiempo ya, Roxana. –susurró- Mucho he prorrogado esta situación, y el juego está perdiendo su gracia.

Quise llorar, pero el miedo me tenía paralizada. Sabía que él no aguantaría mucho más, y todo acabaría. Pero me era imposible aceptarlo.

Como si nada hubiese sucedido, soltó mi mentón y se cruzó de piernas.

-Tus hijos, ¿cómo están? ¿Y Armando?

Traté de contener mis lágrimas, pero me fue imposible. La parálisis que me había impedido sollozar mientras él me miraba, se había ido, dejando sólo el terror tras de sí. No pude evitar que las lágrimas rodaran por mis mejillas mientras le respondía; y, como era de esperar, él no se inmutó ante mi llanto.

-Mis niños están bien, hoy les ha ido muy bien en la escuela… -sollocé- Son tan hábiles, son perfectos…

-Ya veo.

-Y Armando está ahí, durmiendo. –Me quedé un momento en silencio, recordando el rostro de mi dulce esposo atribulado por el dolor.- Es tanto lo que sufre, que no sé qué hacer para que sea feliz. No he logrado convencerlo de que rearme su vida, que se vaya con los niños, busque una mujer bella y joven, y disfrute los largos años que le quedan aún.

Mi acompañante soltó una carcajada.

-¿Y tú esperas que él no sufra, Roxana? –volvió a reír- Estás loca, tú eres la culpable de todo su sufrir, así que no pretendas ahora sanarlo. Armando y tus hijos sufrirán mucho, pero todo será tu culpa. Tenlo en cuenta.

Me quedé reflexionando sobre eso, dándome cuenta de que tenía razón. Mientras, sentía cómo mis pertenencias caían al suelo, rompiéndose; mientras veía que mi ropa era echa trisas, y mis más preciados adornos, destrozados. La sombra se movía sigilosa por el lugar, escogiendo cada cosa especial y destruyéndola frente a mis ojos. Ahí iba mi blusa preferida, aquella que usara cada vez que salía con Armando, al menos antes de todo esto; luego, la foto de mi madre difunta; las tarjetas que mis hijos me habían hecho por el Día de la Madre; el cuadro de mi boda con Armando. Con cada nuevo recuerdo que era roto, se rompía también una parte de mi alma, y podía presentir que no aguantaría mucho más todo esto. ¿Qué hacer?

-¿Qué quieres que haga? –sollocé, tratando de pararme a detenerlo.

En seguida volvió junto a mí, y secó mis lágrimas.

-Oh no, no intentes pararte, querida. –me empujó de vuelta a mi cama- Estás demasiado débil, te necesito fuerte y sana.

-¿Qué quieres que haga? –repetí, desesperada.

Se acercó y susurró en mi oído, produciéndome un escalofrío que recorrió cada parte de mi dolorido ser.

-Tú sabes perfectamente qué es lo que deseo de ti, Roxana.

Más lágrimas cayeron por mi mentón.

-Sólo debes acceder, decir que sí y todo esto terminará. –acarició mi cuello- Te prometo que todo terminará.

Negué con la cabeza.

-Serán sólo un par de meses, Roxana.

Volví a negar.

-Vamos, sólo un par de meses.

No respondí, dudando dentro de mi corazón. Él se puso de pie, y volvió a su cometido. Mientras, yo sopesaba mis opciones. Meses llevábamos así, él viniendo cada noche a tratar de convencerme, y yo tratando de negarme. Desde entonces, mi agresivo cáncer de cuello de útero avanzaba más y más, y ya ni la morfina lograba quitarme el dolor. Mis hijos llegaban cada mañana y noche con sus ojitos hinchados tanto llorar, con chocolates y dulces para su mamá, chocolates que me obligaba a comer por amor a ellos, dulces que vomitaba por la noche a causa de las náuseas. Cada noche escuchaba a mi dulce esposo sollozar a mi lado, cuando creía que estaba dormida a causa de la anestesia, rogando a Dios me sanara y le devolviera la felicidad. Y yo mordía la sábana, tratando de que él no me escuchara gemir. ¿Cuánto más podía esperar?

-Tú sabes lo que yo te ofrezco, Roxana. –dijo él, mientras rasguñaba las paredes- Accede a lo que te pido, y yo te devuelvo la vida que has perdido. Yo te infecté, querida; así que yo puedo quitarte ese veneno si así lo deseo.

Titubeé. Quizás si sería lo mejor.

-Vamos, Roxie, tú sabes que sí quieres.

Volvió a acercarse a mí, poniendo su mano en mi pecho.

-Sólo dí que sí, y mañana recuperarás tu vida.

Miré a Armando junto a mí, durmiendo como un niño, cansado de tanto llorar. Pensé en mis hijos, que tendrían que crecer sin una madre, y soportando el dolor de un padre devastado. Tomé una decisión.

“Dios, perdóname”

-Está bien.

Lucifer rió con fuerza, y se abalanzó sobre mí. Me poseyó con fiereza, y sólo logre soportar pensando en Armando y mis hijos. Lloré, lloré y lloré. Rogué a Dios en mi mente que me perdonara, una y otra vez. Y, de alguna manera, sabría que Él lo haría.

Después de esa noche terrible, la mañana me encontró sentada frente al espejo, contemplando mi pálido rostro. Algo en él había cambiado. Con algún temor, puse mi mano sobre el vientre y, de alguna manera, sentí el niño que comenzaba a gestarse. Sentí asco y náuseas, pero logré contenerme.

Cuando Armando despertó y me vio vestida y arreglada, se incorporó con rapidez. Le dije que estaba bien, que quería salir y despejarme. Él, emocionado hasta las lágrimas, despertó a los niños, para llevarme a mí y a ellos al parque.

Seis meses han pasado ya desde aquello, y mi vientre de embarazada es prominente. No tengo rastro alguno del cáncer que me acuciaba, los médicos dijeron que era un milagro, algo inexplicable. Mis hijos han recuperado su alegría habitual, y Armando ha vuelto a ser el hombre tranquilo y positivo que siempre había sido. Suele llegar con flores para mí, para –como él mismo dice- celebrarme por vivir. Por ganarle a la muerte.

Y yo, cada noche, siento el velo de la oscuridad posarse sobre mi cuerpo. El niño se mueve, creciendo con normalidad, y yo me suelo preguntar: ¿qué haré cuando nazca?

mayo 06, 2011

Sino


Habia un hombre, encerrado en su habitación y atado a su cama. Miraba por la ventana cómo el día iba dando paso a la noche. Su nombre era Demian, y esperaba la llegada de su verdugo. Tras de sí dejaba una vida llena de crímenes y asesinatos. Era un maleante, de eso no cabía duda, por algo le habían condenado a muerte. Sin embargo, no se consideraba un asesino vulgar: jamás había osado abusar sexualmente ni de una mujer ni mucho menos de un niño, pues solo gustaba el matar. Tampoco era sádico, prefería ver morir a sus víctimas "dignamente", sin sufrimiento. Sólo le gustaba matar.

Desde que se había enterado de su condena, sabía que habia tenido tiempo de arrepentirse, pedir perdón y ganarse la vida y- de paso- el Cielo. Pero no lo deseaba. Había hecho todo lo que quería hacer en su vida, por el simple hecho que lo deseaba, y no se arrepentía. La noche ya había caído afuera, y escuchó a lo lejos el rumor de las ruedas correr sobre el pavimento. Cerró los ojos y deseó que su ventana enfocara la luna, sólo por esa noche. Pero no había luna, tan sólo unas estrellas perdidas. Sin ánimos de pensar en lo que se avecinaba, pues tampoco sentía miedo, cerró los ojos e invocó a su Creador. Al contrario de los que muchos pudieran pensar, Demian sí creí y mucho, por lo demás. Se sabía subordinado a Su poder y majestad, y lo reconocía como único Señor. Pero sabia que ésto no lo salvaría. Sin embargo, invocó su nombre y le pidió, en su ultima hora, un favor, sólo uno. Sabía que, si así lo deseaba, podría escapar de allí con tan solo matar a unos cuantos guardias. Pero no lo deseaba; sólo quería, en todo el universo, una cosa. Y fue eso lo que le pidió.

Cuando el Verdugo entró en la habitación, con su comitiva, Demian se encontraba perfectamente en paz. Un sacerdote rezaba a los pies de su cama por el perdón de su alma. Quiso decirle que de nada serviría, pues de todas maneras, estaba condenado al Infierno Eterno. No podía ni debía esperar nada más.

Su muerte fue rapida y sin dolor, tal como habían muertos todas sus víctimas. Un simple pinchazo, veneno, y su vida se apagó.


Cuando se dio cuenta que estaba muerto, pero que aún existía, Demian invocó a su creado:

"Tú, poderoso, concédeme verla otra vez. Sólo una noche."

Abrió sus ojos y se encontró en un paraje muy parecido al de aquella primera vez. Se sintió vivo, y supo que la muerte no era más que un paso. Un cerrar los ojos y despertar a la vida. O al Infierno, como sería su caso.

Desde la lejanía, sintió la presencia de ella, y supo que su oración había sido escuchada. Katie estaba allí, de pie, más espléndida que nunca, luminosa como sólo ella podia ser. Le sonrió, con aquella expresión cálida que reservaba sólo para él. Él le sonrió de vuelta, y se sintió tal como se sentia siempre que estaba con ella: en paz. Se acercó y tomó sus manos.

-¿Sabes que esta será la última vez, verdad, Luz? -preguntó, sin desesperar.

Ella asintió, y le miró tiernamente.

Bajo la sombra del árbol seco, y junto al lago, se amaron con gran intensidad, como la primera vez. Fundiéndose en un solo ser, Demian -el maldito- y Katie- la luminosa- se disfrutaron una vez por toda la eternidad. Cuando ya el rumor de las manos y los gemidos, de los susurros íntimos y el rezquebrajar de ramas se había apagado, Katie reposaba feliz sobre el pecho de su amado. Él acariciaba con dulzura su cabello, sus hombros, sus pechos y su vientre. Fijándose en su ombligo, se dio cuenta que, de haber tenido más tiempo, hubiese deseado tener un hijo con ella. Sólo con ella, con su vientre, sus pechos, sus piernas. Un hijo de sus labios, su espalda, su cuello. Un hijo de su luz, su tranquilidad, su paz y su serenidad. Un hijo de su ternura, su fuerza y su voluntad. De haber tenido la oportunidad, habría abandonado su vida sólo por ella.

Como adivinando sus pensamientos, ella posó su mano en su vientre, junto a la de él.

-La vida aquí es como todo lo demás -le dijo - Es cosa de desearla, y nace. Brota como una flor. Como mi amor.

Él la miró, sin comprender del todo.

-Estoy maldito, eso sería imposible -le replicó

-Pero él saldrá de mi vientre, sangre de mi sangre, esencia de tu esencia. Y vivirá junto a mi. Y sabrá de lo mucho que tú eres para mí- le dijo, sonriendo.

Demianl, enternecido, se inclinó y besó su vientre con dulzura. Largamente habló con el hijo que ahora se gestaba en las entrañas de aquella muchacha, y rogó al Creador le diera la vida en abundancia. En su mente, sabia que el niño le respondía y le conocía. Sabía que no le juzgaba, que estaba feliz de ser su hijo, que lo amaba. Y Demian lo amaba a él.

Como desbordado por la pasión, volvió a amar a su Katie, y otra vez más. No la amaba por desesperado, pues el Infierno bien valía esa noche junto a ella. Cuando el alba estaba por despuntar, supo que su plazo se agotaba. Dando gracias al Creador por su clemencia, saludó al día que nacía con una sonrisa. Katie lo miraba, extasiada, feliz. Ella tampoco sentía tristeza, pues no lo juzgaba. Lo amaba, lo había amado siempre, y siempre lo haría. Siempre, por mucho que implicara esa palabra. Se abrazaron con fuerza, el enredó sus manos en su cintura, y ella se le echó al cuello. No hubo lágrimas, sólo amor. Amor, y un niño que en el vientre latía,rebosante de vida.

Cuando ya se separaban, y su alma era llevada donde correspondía, Demian sonrió a la vista de su amada, con la luz del amanecer, una mano en el vientre, y aquella dulzura en sus ojos de miel.