Fuego Liquido

Fuego Liquido
Muchas veces creemos que el agua es fría y gélida, por lo que es mala. Otras tantas pensamos que el fuego es candente y peligroso, y es malo. Pero, los dos dan vida, entonces, ¿fuego o agua?

++Frase Aleatoria++

No importa lo que haga, cada persona en la Tierra está siempre representando el papel principal de la Historia del mundo. Y normalmente no lo sabe

octubre 10, 2009

Para la Felicidad

Para la Felicidad.

La chica iba caminando por las calles concurridas de la ciudad. Iba distraída, inserta en sus confusos pensamientos, actitud absolutamente normal en ella. Esta vez pensaba en su vida, en la gente que tenía alrededor, las personas que se habían ido y las que habían llegado. Dentro de todo, la chica estaba muy feliz de ser quién era. Está bien, no era perfecta, ni estaba cerca de serlo; pero sabía que había algo en ella que era especial, y era aquel espíritu lo que la hacía sentirse orgullosa.

Estaba lejos de casa, paseando un rato por entre el ajetreo típico del lugar. Escuchaba música, para desconectarse del ruido y los autos y los gritos y todo. Sólo quería estar en sí misma, tranquila, en paz un rato.

Llegó a una plaza solitaria, escondida entre dos callejuelas no muy concurridas. Todo parecía pacífico allí, los árboles se mecían con juguetón ritmo, las aves pululaban de aquí para allá, cantando a veces. Se detuvo y se sentó sobre un banquito, sólo a mirar a su alrededor y disfrutar de su vida.

La música también acompasaba su sentir. Ahora todo era paz en su interior y su exterior; había conseguido muchas cosas el último tiempo, tenía a la gente que amaba junto a ella, tenía los frutos de sus esfuerzos junto a ella, tenía sus sueños intactos, y los caminos para conseguirlos, claros.

Sonrió. ¿Qué más podía desear ahora?

Continuó mirando todo, pero sin observar realmente. Era feliz, sólo eso importaba.

Y, en la lejanía, al otro extremo del parque, alguien venía caminando con lentitud. Parecía casi tan absorto en sus pensamientos como ella misma. Se quedó mirándolo, sin ninguna intención en especial. Era bueno saber que había alguien más que disfrutaba la vida simple. El joven pasó delante de ella y sus miradas se cruzaron. Sus ojos eran verdes como los árboles de alrededor, al igual que los suyos propios. Ella sonrió con timidez y él le contestó la sonrisa. Él siguió su camino a través del parque, y ella se quedó ahí, sentada.

Sí, eso era lo que le había faltado.

Su felicidad, al menos por ahora, estaba completa.


mayo 10, 2009

La Hora


De pronto, abrí de un golpe mis ojos y los enfoqué la ventana junto a mi cama. Tenía la costumbre de dormirme observando la noche, por lo que al despertar lo primero que veía era mi reflejo somnoliento en el cristal.

Cuando dejé completamente la inconciencia, la borrosa silueta del árbol atrapó mi mirada, recortándose contra la oscuridad de la noche con sus ramas meciéndose suavemente a causa de la brisa otoñal. No sabría decir cuánto tiempo estuve así, contemplando extasiada la belleza de aquel simple paisaje; pero sí recuerdo que, en un momento de extasiada felicidad, extendí mi esquelética mano derecha con la intención de alcanzar una de las ramas de aquel viejo árbol para sentir su textura. No me sorprendió el hecho de que ésta atravesara el grueso cristal como si estuviese hecho de humo, o simplemente no existiera. Sonreí. Estirando más mi brazo, pude incluso agarrar una de las ramas más cercanas a la ventana. La sostuve con suavidad y me regodeé acariciándola, trazando círculos en la áspera madera, siguiendo sus líneas con mi pulgar. Cerré los ojos y me dejé llevar por el sentimiento de paz que me desbordaba.

En un momento, me sentí flotar por sobre mi cama, como si me hubiese elevado varios centímetros; mecerme con parsimonia hacia la ventana y luego atravesarla lentamente, como antes hiciera con mi brazo.

Estaba extasiada. La belleza de mi árbol nunca me había parecido tal, con tanta vida, incluso ahora en mitad de la noche. Me volví hacia el cielo y contemplé con emoción la oscuridad del cielo otoña, sobre la cual se extendía un manto de estrellas brillantes y magníficas, estrellas que nunca antes me habían parecido tan luminosas, ni tampoco tan numerosas. Y en medio de ellas se erguía la luna, majestuosa y gigante, alumbrando pálidamente todo lo que alcanzaba.

Deseé acercarme a ella, y en el acto me elevé en su dirección. Comencé a flotar hacia el cielo, sin poder apartar mi vista de mi objetivo. En un momento, cuando ya había dejado el patio de mi casa a mis espaldas, me llené de terror por lo que estaba haciendo, y me giré a observarlo. Me invadió una tristeza apagada por no haber podido despedirme adecuadamente de mis padres y mis amigos; sabía que, cuando encontraran mi cuerpo vacío en la mañana, sufrirían mucho dolor. Rogué con toda mi alma que no se les hiciera tan difícil, que tras un tiempo aceptaran mi partida y comprendieran que mi hora había llegado, un poco súbitamente tal vez, pero que nada se podía hacer para retrasarla.

Di una última mirada al lugar que había sido mi hogar durante tantos años ya, y luego me giré definitivamente hacia mi destino. Y sonriendo con toda la capacidad que era posible, me dejé llevar por mi conciencia, con la certeza de que así encontraría el camino correcto hacia mi vida, mi nueva vida; una vida que estaría llena de gracia y de amor; una vida donde todo sería perfecto, donde no existiría el tiempo ni los límites; una existencia donde esperaba, algún día, reencontrarme con mis seres amados, y vivir con ellos para toda la eternidad.

De cómo nacieron las Pesadillas.


Cuenta la historia que, hace varios cientos de años, los humanos sólo tenían sueños agradables y dulces, los que les quitaban el cansancio, la pena y el miedo de encima y los dejaban a punto para encarar el siguiente día. Por lo que, en todo el mundo, los hombres y mujeres dormían espléndidamente cada noche, recordando los momentos más bellos o creando las ilusiones más idílicas acerca de sí mismos.

Y todo transcurría perfectamente, hasta que… 

Un día, en el lejano y pequeño pueblo de Ensueño, una niña se adentró en el bosque, mientras jugaba a las escondidas con su hermana. La niña, Helena, corrió y corrió bosque adentro, sin percatarse del tiempo ni de la distancia. Y en su loca travesía, llegó a una casita de madera muy vieja y destartalada, pequeña y también sucia.

Helena se asustó, y se quedó allí de pie, contemplándola. Y en eso estaba cuando divisó una bella flor roja escondida entre la maleza del lugar. Se tentó, pues le encantaban las flores, y ésta era especialmente bella con su deslumbrante tono rojizo. Acercándose lentamente, Helena tomó el tallo entre sus pequeños dedos y tiró de él, separándola de la tierra.

Al instante, un sonido gutural rompió la paz del lugar, y Helena retrocedió flor en mano, asustadísima.

-¡Qué habéis hecho! –gritó una terrorífica voz de mujer- ¡Qué habéis osado hacer, pequeña tonta!

-Y-Y-yo… -tartamudeó Helena, sin lograr que sus piernas respondieran a la orden de echar a correr.

-¡Me habéis arrancado del suelo, habéis destruido la única salida del mundo espiritual!... –gorjeó la voz.- ¡No hay improperio adecuado para describiros, niñata insulsa!

Helena estaba pálida e inmóvil, aferrando la flor que, hasta ahora no se había percatado, tenía unas agudas espinas que le estaban pinchando e hiriendo sus blancas y suaves manos. Una gota de sangre salió de una de las heridas, y la voz tronó de nuevo.

-¡Pagaréis por esto, jovencita!

-P-pe-pero yo s-so-sólo… -intentó excusarse.

-¡De nada valdrán tus explicaciones! –exclamó la voz- ¡Me habéis condenado a vagar eternamente por el mundo espiritual! ¡Para siempre! -la voz dio una terrible grito, y luego agregó- Pero no saldréis libre de esta injuria, os los aseguro.

Hubo un momentáneo silencio, en el cual Helena, con los ojos fuertemente cerrados, intentó convencerse de que nada pasaría, de que aquella flor no escondía ningún secreto macabro, y de que podría volver a casa tranquilamente.

-Por haber osado arrancar mi portal de la tierra, os condeno a mi terrible tormento –tronó la voz, sobresaltando a la temerosa Helena y obligándola a abrir sus ojos.- Soy la bruja Pesadilla, y vagaré por tus sueños y los de tus hijos para siempre. ¡Y de todo aquel humano que me parezca demasiado feliz!

Helena tembló.

-¡Recordarás mi nombre, pequeñaja! –soltó una risa tenebrosa- En las noches tu mente se llenará de horribles imágenes creadas por mí. Y será algo impredecible e incontrolable. Sufrirás, oh sí, sufrirás.

Hubo una pausa en que el lugar pareció oscurecerse y enfriarse.

-Recordarás mi nombre, niñata. –susurró, como si se alejara.- Ya lo verás.

Y la voz se desvaneció con el viento, a la vez que el lugar recuperaba el calor y la luz.

 

Y cuentan que Helena volvió a su pueblito, con una flor que puso rápidamente en agua. Allí, bajo el candente y brillante sol, y en medio de la gente, se le había ya olvidado su siniestra travesía por el bosque. Y no lo recordó hasta que, esa noche, horrendas visiones le invadieron los sueños que otrora habrían sido dulces.

Y así fue como nacieron las pesadillas, esporádicos horrores que acosarían a los hombres hasta el día de hoy, impidiéndoles el descanso y dándoles una cuota de amargura a sus noches de ensueño.